A menudo suelo pasar por las tiendas de libros usados del Mercado Huembes de esta capital con la curiosidad de saber que les ha llegado últimamente a los marchantes de osarios editoriales. Pero también con la esperanza de ser recompensado por la suerte de encontrarme con cierta obra antigua o reciente de algún autor conocido cuyo tema esté dentro de mi interés.
En algunas ocasiones esas visitas no han sido muy afortunadas ya que no encuentro nada interesante. No obstante, debo confesar que han sido más las ocasiones en que he sido recompensado con una que otra obra, cuyo autor o edición desaparecida por décadas, en otras palabras reliquia, nacional en muchos casos, retribuye el viaje.
En otras ocasiones la fortuna ha sido tal que he llegado justo cuando a los marchantes le han abastecido de algún lote de libros con “novedades”. Como en una ocasión en que me encontré una enorme cantidad de libros sobre la teología de la liberación, cuya mayor sorpresa no fue tanto el encontrar las obras de Gustavo Gutiérrez o trabajos sobre Helder Camera, como el saber que la mayoría de los libros tenían el sello de la biblioteca personal de un sacerdote conocido.
Esos hallazgos de retazos de bibliotecas de personajes conocidos son cosas que ocurren a menudo en ese pulguero de libros. Cuando se visita esos lugares, ni por asomo se siente el sosiego y la solemnidad de las librerías de nuevos libros y de editoriales conocidas. La venta de libros se hace con el mismo desenfado con que se vende una libra de papas. Y el sitio está tan revuelto y desordenado que el esfuerzo que se hace para encontrar un libro interesante, es similar al de las ventas de verdura. Recuerdo haber encontrado entre una ruma de libros llenos de polvo, junto a unos platos y vasos sucios de sus dueños, un libro de una ensayista argentina, en cuya primera página estaba escrita una afectuosa dedicatoria a Sergio Ramírez.
Días atrás pasé por la tienda de una de las marchante con quien tengo amistad, “La chela”. Como de costumbre comencé a remover rumas de libros, como un topo metiendo la mano en el fondo de algún estante o estirando el brazo o inclinando el cuello para ver que contiene esas montaña de libros, maltrechos muchos de ellos. Pues, ese día me encontré un libro titulado “Divulgaciones de Rubén Darío”, edición modesta del Ministerio de Educación. Era una de las tantas publicaciones realizadas por el Estado somocista durante la década de los cincuenta y cuyo contenido merece una reflexión histórica.
El libro es una compilación de fragmentos de trabajos de diversos autores relacionados con la obra y vida de Darío, comentados por el periodista Gustavo Alemán Bolaños quien aparece como autor. En su organización se observa que se intercalan algunos cuentos, poemas y escritos periodísticos del poeta. Según el sub título que acompaña el título principal, es un “texto para la Cátedra Rubén Darío creada por el Ministerio de Educación pública de Nicaragua”.
Esa Cátedra fue fundada a mediados de la década de los cuarenta, en el marco de los esfuerzos del gobierno de Somoza García por hacer de la figura y legado del bardo, el elemento cohesionador de la sociedad nicaragüense, fragmentada por la violencia política. Intelectuales de diversas tendencias políticas recorrerían, durante los años que duró la Cátedra, los institutos nacionales, universidades y centros culturales de las principales cabeceras departamentales del país organizando conferencias sobre la obra del poeta leonés.
Fue una buena idea contar con un libro base para la Cátedra, en una época de decidía institucional, incentivando publicaciones de autores nacionales. Más aún cuando ese propósito tiene fines tan nobles como el de contribuir a la difusión de la cultura. Al revisar los materiales de esta obra, se evidencia un interés por hacer una apretada síntesis de todo el trabajo y vida del poeta, intercalando comentarios, pasajes de su vida con fragmentos de sus principales trabajos, los cuales aparecieron en libros cuyos títulos han quedado inmortalizados para la posteridad.
Lo contradictorio del libro, es la sección de anecdotarios, crónicas y cuadros, cuya temática enfatiza lo que el compilador/comentador, llamaría lo nicaragüense. ¿Cuál? La vida campestre, rural, y el imaginario supersticioso aún presente en la sociedad de la época (lo tradicional). Pareciera que el propósito era remover la vieja discusión del Darío nicaragüense, versus el afrancesado o europeizado, que el poeta sentiría en carne propia. Lo paradójico de este libro es que esas obras europeizantes o exóticas (donde la universalidad es evidente) poemas, cuentos o crónicas soslayadas adrede, o apenas referidas, no han envejecido, siguen tan frescas y actuales como el día que las escribió el poeta. Mientras el anecdotario y otros pasajes bucólicos son anticuarios en decadencia y cada vez con menos seguidores.
En algunas ocasiones esas visitas no han sido muy afortunadas ya que no encuentro nada interesante. No obstante, debo confesar que han sido más las ocasiones en que he sido recompensado con una que otra obra, cuyo autor o edición desaparecida por décadas, en otras palabras reliquia, nacional en muchos casos, retribuye el viaje.
En otras ocasiones la fortuna ha sido tal que he llegado justo cuando a los marchantes le han abastecido de algún lote de libros con “novedades”. Como en una ocasión en que me encontré una enorme cantidad de libros sobre la teología de la liberación, cuya mayor sorpresa no fue tanto el encontrar las obras de Gustavo Gutiérrez o trabajos sobre Helder Camera, como el saber que la mayoría de los libros tenían el sello de la biblioteca personal de un sacerdote conocido.
Esos hallazgos de retazos de bibliotecas de personajes conocidos son cosas que ocurren a menudo en ese pulguero de libros. Cuando se visita esos lugares, ni por asomo se siente el sosiego y la solemnidad de las librerías de nuevos libros y de editoriales conocidas. La venta de libros se hace con el mismo desenfado con que se vende una libra de papas. Y el sitio está tan revuelto y desordenado que el esfuerzo que se hace para encontrar un libro interesante, es similar al de las ventas de verdura. Recuerdo haber encontrado entre una ruma de libros llenos de polvo, junto a unos platos y vasos sucios de sus dueños, un libro de una ensayista argentina, en cuya primera página estaba escrita una afectuosa dedicatoria a Sergio Ramírez.
Días atrás pasé por la tienda de una de las marchante con quien tengo amistad, “La chela”. Como de costumbre comencé a remover rumas de libros, como un topo metiendo la mano en el fondo de algún estante o estirando el brazo o inclinando el cuello para ver que contiene esas montaña de libros, maltrechos muchos de ellos. Pues, ese día me encontré un libro titulado “Divulgaciones de Rubén Darío”, edición modesta del Ministerio de Educación. Era una de las tantas publicaciones realizadas por el Estado somocista durante la década de los cincuenta y cuyo contenido merece una reflexión histórica.
El libro es una compilación de fragmentos de trabajos de diversos autores relacionados con la obra y vida de Darío, comentados por el periodista Gustavo Alemán Bolaños quien aparece como autor. En su organización se observa que se intercalan algunos cuentos, poemas y escritos periodísticos del poeta. Según el sub título que acompaña el título principal, es un “texto para la Cátedra Rubén Darío creada por el Ministerio de Educación pública de Nicaragua”.
Esa Cátedra fue fundada a mediados de la década de los cuarenta, en el marco de los esfuerzos del gobierno de Somoza García por hacer de la figura y legado del bardo, el elemento cohesionador de la sociedad nicaragüense, fragmentada por la violencia política. Intelectuales de diversas tendencias políticas recorrerían, durante los años que duró la Cátedra, los institutos nacionales, universidades y centros culturales de las principales cabeceras departamentales del país organizando conferencias sobre la obra del poeta leonés.
Fue una buena idea contar con un libro base para la Cátedra, en una época de decidía institucional, incentivando publicaciones de autores nacionales. Más aún cuando ese propósito tiene fines tan nobles como el de contribuir a la difusión de la cultura. Al revisar los materiales de esta obra, se evidencia un interés por hacer una apretada síntesis de todo el trabajo y vida del poeta, intercalando comentarios, pasajes de su vida con fragmentos de sus principales trabajos, los cuales aparecieron en libros cuyos títulos han quedado inmortalizados para la posteridad.
Lo contradictorio del libro, es la sección de anecdotarios, crónicas y cuadros, cuya temática enfatiza lo que el compilador/comentador, llamaría lo nicaragüense. ¿Cuál? La vida campestre, rural, y el imaginario supersticioso aún presente en la sociedad de la época (lo tradicional). Pareciera que el propósito era remover la vieja discusión del Darío nicaragüense, versus el afrancesado o europeizado, que el poeta sentiría en carne propia. Lo paradójico de este libro es que esas obras europeizantes o exóticas (donde la universalidad es evidente) poemas, cuentos o crónicas soslayadas adrede, o apenas referidas, no han envejecido, siguen tan frescas y actuales como el día que las escribió el poeta. Mientras el anecdotario y otros pasajes bucólicos son anticuarios en decadencia y cada vez con menos seguidores.
