Desde hace una décadas atrás, en distintas disciplinas humanísticas y/o de las ciencias sociales, se ha abierto un espacio académico de estudio de las diversas olas migratorias que se han dado en el mundo a lo largo de la historia. En especial, los estudios están enfocados a encontrar las causas y los posibles efectos que esos desplazamientos humanos han tenido en el tejido social, tanto de las sociedades de origen como en las que se asentaron.
Desde el punto de vista histórico y antropológico, se han desarrollado líneas de investigación alrededor de la diáspora africana, es decir, de aquellos grupos étnicos del continente africano que desde el siglo XVI, fueron llevados de manera violenta, en calidad de esclavos al continente americano. Una diversidad de valiosos estudios, tratan no sólo de reconstruir las relaciones sociales y culturales de sus lugares de origen, sino que también de explicar los procesos traumáticos de asentamiento en el Nuevo Mundo.
Pero también, hay otra línea de investigación que viene desde los estudios culturales, donde se estudian la vida y obra de escritores, artistas, que por diversos razones han migrado de su patria a otros países, donde además de establecerse han cultivado una exitosa carrera profesional. Estos promotores y hacedores de cultura, albergan una semejanza con la mayoría de los paisanos latinoamericanos: se resisten al desarraigo, a la ruptura de sus lazos sanguíneos y culturales con sus orígenes, la de sus ancestros, de sus padres o abuelos.
Esa vuelta a sus raíces, a sus orígenes, es lo que está presente en la enigmática y vitalista obra del pintor nicaragüense Bernard Dreyfus. Para algunos, les puede parecer poco familiar el nombre de este artista. A los informados o familiarizados con la plástica nacional, tal vez les resulte curioso el saber lo que está produciendo desde su atelier de París.
Dreyfus es de los pocos artistas nacionales que ha producido, casi ciento por ciento fuera del país. Siendo un joven, a mediados de la década del sesenta emigraría hacia Europa, buscando como interpretar las claves de sus sueños de artista. Sus maestros y la apropiación de la técnica son de estirpe europea, pero sus motivaciones temáticas presente en cada uno de sus trabajos, están arraigado en la cultura y el imaginario de sus ancestros centroamericanos y nicaragüense.
Porque este artista, al igual que otros latinoamericanos de la diáspora, se han resistido a las fuerzas ciegas del desarraigo y de la absorción de otras culturas. Como dice, Dominique Stella, “la impronta indeleble del alma latinoamericana se insinúa en su obra cual traza sensible estampada por la memoria del pintor”.
La exposición de obras recientes que Dreyfus hiciera en noviembre del año pasado en la Casa de América Latina de París, evidencia la evolución temática y sus inquietudes experimentales. En especial, sobre el uso del color y de los contrastes de claro-oscuro y sus estrategias compositivas. Lo que más atrapa al espectador de la obra de este pintor, desde el punto de vista compositivo, son sus trazos ligeros, nerviosos que representan, siluetas, objetos, los cuales evocan estados de ánimo colectivo, pero también episodios de nuestra historia.
Es gratificante ver en sus nuevas propuestas, una serie de signos que evocan las culturas primitivas de nuestros antepasados indígenas. Su incursión a una nueva temática siempre cercana a nuestras raíces multiculturales, evidencia esa persistencia por mantener el vínculo con su cultura, a pesar del tiempo y de la distancia. Stella logra sintetizar ese sentir: “por medio de esas composiciones recientes y de sus evocaciones de las culturas primitivas, su arte perpetúa la filiación con las fuentes ancestrales”.
