lunes, 31 de mayo de 2010

Boceto de un artista plástico de la diáspora


Desde hace una décadas atrás, en distintas disciplinas humanísticas y/o de las ciencias sociales, se ha abierto un espacio académico de estudio de las diversas olas migratorias que se han dado en el mundo a lo largo de la historia. En especial, los estudios están enfocados a encontrar las causas y los posibles efectos que esos desplazamientos humanos han tenido en el tejido social, tanto de las sociedades de origen como en las que se asentaron.

Desde el punto de vista histórico y antropológico, se han desarrollado líneas de investigación alrededor de la diáspora africana, es decir, de aquellos grupos étnicos del continente africano que desde el siglo XVI, fueron llevados de manera violenta, en calidad de esclavos al continente americano. Una diversidad de valiosos estudios, tratan no sólo de reconstruir las relaciones sociales y culturales de sus lugares de origen, sino que también de explicar los procesos traumáticos de asentamiento en el Nuevo Mundo.

Pero también, hay otra línea de investigación que viene desde los estudios culturales, donde se estudian la vida y obra de escritores, artistas, que por diversos razones han migrado de su patria a otros países, donde además de establecerse han cultivado una exitosa carrera profesional. Estos promotores y hacedores de cultura, albergan una semejanza con la mayoría de los paisanos latinoamericanos: se resisten al desarraigo, a la ruptura de sus lazos sanguíneos y culturales con sus orígenes, la de sus ancestros, de sus padres o abuelos.

Esa vuelta a sus raíces, a sus orígenes, es lo que está presente en la enigmática y vitalista obra del pintor nicaragüense Bernard Dreyfus. Para algunos, les puede parecer poco familiar el nombre de este artista. A los informados o familiarizados con la plástica nacional, tal vez les resulte curioso el saber lo que está produciendo desde su atelier de París.

Dreyfus es de los pocos artistas nacionales que ha producido, casi ciento por ciento fuera del país. Siendo un joven, a mediados de la década del sesenta emigraría hacia Europa, buscando como interpretar las claves de sus sueños de artista. Sus maestros y la apropiación de la técnica son de estirpe europea, pero sus motivaciones temáticas presente en cada uno de sus trabajos, están arraigado en la cultura y el imaginario de sus ancestros centroamericanos y nicaragüense.

Porque este artista, al igual que otros latinoamericanos de la diáspora, se han resistido a las fuerzas ciegas del desarraigo y de la absorción de otras culturas. Como dice, Dominique Stella, “la impronta indeleble del alma latinoamericana se insinúa en su obra cual traza sensible estampada por la memoria del pintor”.

La exposición de obras recientes que Dreyfus hiciera en noviembre del año pasado en la Casa de América Latina de París, evidencia la evolución temática y sus inquietudes experimentales. En especial, sobre el uso del color y de los contrastes de claro-oscuro y sus estrategias compositivas. Lo que más atrapa al espectador de la obra de este pintor, desde el punto de vista compositivo, son sus trazos ligeros, nerviosos que representan, siluetas, objetos, los cuales evocan estados de ánimo colectivo, pero también episodios de nuestra historia.

Es gratificante ver en sus nuevas propuestas, una serie de signos que evocan las culturas primitivas de nuestros antepasados indígenas. Su incursión a una nueva temática siempre cercana a nuestras raíces multiculturales, evidencia esa persistencia por mantener el vínculo con su cultura, a pesar del tiempo y de la distancia. Stella logra sintetizar ese sentir: “por medio de esas composiciones recientes y de sus evocaciones de las culturas primitivas, su arte perpetúa la filiación con las fuentes ancestrales”.

miércoles, 26 de mayo de 2010

Los límites de un rumor

Dice Ana Isabel Carrasco Machado en su ensayo sobre el rumor político, que es un fenómeno comunicativo ligado a la transmisión oral entre grupos de personas. Si bien es informal, no autorizado, es decir extraoficial, su recepción puede ser escrita, por tanto aquí ya no se apela a su veracidad sino a su función.

El rumor político, además de incidir en eventos políticos o crear dudas o erosionar una visión histórica en particular, refleja la falta de consenso y/o la diversidad de puntos de vista sobre un hecho. En Nicaragua al igual que en otros países, es usual la utilización del rumor para generar algún tipo de opinión, por lo general negativo en contra de un adversario político.

Desde la década de los ochenta, a los dirigentes del FSLN se le ha querido vincular con el narcotráfico, al lanzarles desde el exterior, una serie de acusaciones las cuales hasta hoy día no tienen el consenso (fundamento) como para legitimarlas. El domingo pasado se estrenó el documental “Pecados de mi padre” (realizado en 2009) en el Discovery Chanel, donde el hijo y la viuda de Pablo Escobar Gaviria, el más grande narco colombiano, abatido por las fuerzas policiales en 1994 en Bogota, afirman haber estado en Nicaragua durante la década de los ochenta.

Tal vez no tanto porque se quiera inculpar a algún dirigente nacional, dado que los entrevistados no mencionan a nadie en particular, esas declaraciones generan polémica, dado que con ello se constata la veracidad de que el famoso narco estuvo en Nicaragua. Esa afirmación también pone en primer plano las pesquisas y supuestas pruebas dadas a conocer en su momento por los órganos de inteligencia de Estados Unidos, donde se veían imágenes fotográficas de Escobar Gavidia supervisando aviones y cargamentos de droga en el territorio nacional. Aunque esa podría ser una estratagema o montaje. Lo cierto es que con esas declaraciones se comprueba el rumor de que Escobar y su familia vivieron en Nicaragua por una temporada corta, durante ese período.

En algunas ocasiones, cuando cierta prensa se ha hecho eco del oscuro nexo entre revolución y narcos, algunos dirigentes históricos han salido al paso refutando como algo innoble y vulgar esa afirmación. En otras ocasiones estos dirigentes han matizado los argumentos en defensa de la limpieza del proyecto revolucionario, al señalar que si en algún momento de la década de los ochenta, Pablo Escobar estuvo Nicaragua, fue algo que se les escapaba de las manos, porque al país llegaron miles de personas de distintas partes del mundo.

Algunos pueden dudar de la veracidad de las afirmaciones del hijo y la viuda de Escobar de que estuvieron en Nicaragua, la pregunta que surge es ¿por qué a tanta distancia en tiempo, en otro contexto, ellos van mentir? De ser cierto, la otra pregunta que surge es ¿Cómo entró al país este siniestro personaje, en un período histórico donde el Estado tenía un enorme control de las fronteras? Por que al parecer este sujeto y su familia entraron de manera legal.

Se le puede dar el beneficio de la duda a la dirigencia nacional de no estar al tanto de ese hecho, pero si el hijo y la viuda afirman haber estado en Nicaragua, es porque alguien les ayudó a entrar y a salir. Puede haber sido un funcionario de rango intermedio –como dicen en lenguaje popular-- “que se libreteó”, no se sabe, las preguntas están en el aire.

lunes, 17 de mayo de 2010

La Yuma:retrato cotidiano de la marginalidad

Se está presentando con buen suceso en las salas de cine de Managua el largo metraje La Yuma de la cineasta franco nicaragüense Florence Jaugey, con fotografía de Frank Pineda, uno de los más experimentados y talentosos camarógrafos nacionales.

Una producción que podría decirse milagrosa, en un país donde el apoyo y/o fomento a la cultura es casi una utopía, en especial en un área como la cinematográfica que desde casi dos décadas languidece entre la abulia, la apatía y la indiferencia oficial y/o de cierta mezquina iniciativa privada.

A primera vista, la producción se presenta como un encomio a la austeridad y al uso eficiente de los recursos escenográficos, reparto, entre otros aspectos. La utilización de actores aficionados compartiendo roles con profesionales, algunos de ellos provenientes del teatro o de los programas de televisión, hacen que la puesta en escena tenga ese hálito mágico de realidad y ficción que atrapa al espectador.

Penetrando en sus "entrañas", La Yuma es un crudo retrato de la vida cotidiana de los barrios pobres de Managua. Cada uno de los personajes se desenvuelve dentro de un contexto donde la frontera entre el orden y la transgresión, se pierde dentro de una asfixiante atmósfera salpicada de violencia y drogas,

Pero también, es un lugar donde aun anidan los sueños y las esperanzas de una vida mejor. Eso es lo que el personaje de Yuma transmite con su recia personalidad, curtida en cada uno de los avatares a los que se enfrenta en el día a día.

Es un permanente combate por no dejarse arrastrar por el pesimismo y la desesperanza del entorno en que ella se mueve. Su tabla de salvación es el boxeo, el escaparse con una empresa circense donde a través del espectáculo, de la magia, pueda seguir soñando con sus metas de ser una campeona, que es lo mismo decir, una triunfadora en la vida.

viernes, 14 de mayo de 2010

"Bosquejo histórico de las revoluciones..." de Alejandro Marure


En el año de 1837 sale a luz pública la obra Bosquejo histórico de las revoluciones de Centroamérica, escritas por el historiador guatemalteco Alejandro Marure (1806-). Esta obra poco conocida en la actualidad, representa junto con las Memorias de Jalapa de Manuel Montúfar y Coronado, los textos más importantes que narran los sucesos de la independencia de Centroamérica.

Tanto Montúfar como Marure fueron protagonistas y/o testigos de esa gesta emancipadora de la metrópoli española, y esa doble condición le agrega hoy día, un gran valor histórico a las obras. También recogen el espíritu de facciones de la época. Ambos autores fueron simpatizantes de las dos corrientes partidarias más beligerantes de la época: Montúfar era partidario de los realistas (Conservadores) y Marure de los liberales.

Es curioso el título que escogiera Marure, ya que no hace alusión a la independencia, pero habla de “revoluciones”, haciendo un paralelismo con los acontecimientos violentos que precedieron la independencia de México y los países de Sudamérica. Otro elemento a destacar del título es que se trata de “bosquejar” (delinear) un período histórico donde se destacan los primeros levantamientos con claros ribetes emancipadores, como los acaecidos en San Salvador y Granada en 1811, la reelección del liberal Mariano Gálvez a la jefatura del Estado de Guatemala en 1934.

Marure era un intelectual con buena formación, informado de todo lo que pasaba en el continente, también conocía las corrientes historiográficas en boga, por ello, el Bosquejo… está estructurado de acuerdo a los cánones de la época, con citas y notas a pie de página de mucha documentación. Es una obra representativa del historiador decimonónico que busca la verdad a partir de una reconstrucción lo más fiel posible de los hechos.

Un dato importante que puede confundir es el subtítulo, que hace referencia al período histórico que abarcaría la obra, “Desde 1811 hasta 1834”. En el prólogo que hiciera para la edición de La Biblioteca Guatemalteca de Cultura Popular “15 de Septiembre”, en el año de 1960, Ernesto Chinchilla Aguilar, señala que únicamente se encontraron dos tomos de la obra de Marure, las cuales se refieren a los sucesos relacionados con la Independencia y la guerra civil de 1827. Los sucesos que van de la llegada al poder de Morazán en 1829 hasta 1934, al parecer escritos en un tercer tomo se encuentran extraviados.

Los aires de celebraciones bicentenarios piden con urgencia la publicación de esta y otras obras clásicas del siglo XIX, como las de Montufar, entre otros, con el fin de promover su estudio. Lo curioso es que la obra de Marure, considerada como el “estudio clásico de la independencia”, se haya editado apenas en dos ocasiones: una en el siglo XIX (1837) y otra en el siglo XX (1960), al menos ese es el inventario que conozco.

jueves, 13 de mayo de 2010

Los sucesos de la UNAN

Los enfrentamientos violentos entre estudiantes de la Universidad Nacional Autónoma de Nicaragua (UNAN) de Managua ocurridos en estos últimos días es una muestra de la poca o nada capacidad de diálogo existente en el país como mecanismo de negociación en aras de alcanzar acuerdos alrededor de temas divergentes de cualquier índole. Pero también es una expresión de la urgencia de atender los vacíos o debilidades de los sistemas o prácticas institucionales en el país, entre ellos el de la educación superior.

Para nadie es un secreto que tanto el sistema institucional que regula las actividades de la educación superior, incluyendo el movimiento estudiantil requieren de serias reformas para que puedan cumplir con las demandas actuales en materia de ofertas, competencia y pertinencia en un contexto de cambios a nivel global. Tanto el Consejo Nacional de Universidades (CNU) y la Unión Nacional de Estudiantes de Nicaragua (UNAN) nacieron en un contexto particular de los años ochenta donde el diseño educativo estaba centralizado y obedecía a otros criterios de desarrollo.

Tal vez el CNU (antes CNES) ha hechos algunas reformas importantes en los últimos veinte años, pero no es suficiente. El caso de la UNEN es el más conflictivo dado que no ha sufrido modificaciones importantes, sigue con un diseño electoral de autoridades nacionales centralizado, altamente partidarizado, lo cual ha erosionado toda capacidad de negociación y aún más grave, su legitimidad, producto de una serie de denuncias de poca transparencia en el sistema electoral y en la gestión de los fondos que le son asignado del 6%.

Debate generacional e ideología

La semana pasada apareció un escrito en Gente, publicación informativa digital de Radio La Primerísima, titulado ¿Qué se ha creído el renegado Tirado López? Como reacción a una nota escrita por el ex miembro de la antigua Dirección Nacional del Frente Sandinista Víctor Tirado López, en donde el antiguo compañero de Daniel Ortega en la tendencia tercerista, le hace una serie de señalamientos personales.
Más allá del contenido de la nota de Tirado López, interesa un aspecto que se trasluce en la respuesta del autor de ¿Qué se ha creído…? El choque generacional como centro del debate ideológico. El autor de apellido Narváez, perteneciente a la generación de los ochenta, utiliza como argumentos para rebatir la postura política del antiguo dirigente sandinista, sus méritos de revolucionario y combatiente durante las jornadas de lucha enfrentando la contrarrevolución y la agresión extranjera, buscando con ello ponerse al nivel del sujeto criticado. Además, hace hincapié en su perseverancia de lucha durante el período conocido como neo liberal, donde asegura que pese a las dificultades no claudicó.
Hasta aquí la estrategia del autor es plausible, pero no se detiene en este aspecto sino que aguijonea el conflicto generacional apelando al recurso de la memoria y del olvido al enrostrarle al ex dirigente una verdad cargada de “desilusión”: “Pregúntenle a esta generación que hoy tiene 20, 24 años, 17 de los cuales vivieron en un régimen neo liberal. O peor aún, para los chavalos de 16 a 18 años, seguramente el ex comandante Víctor Tirado López sufriría la peor de las desilusiones de su vida”.
Al apelar a la memoria y al olvido el autor de la nota entra al terreno de la experiencia personal y no del relato histórico. A este nivel, los recuerdos sirven como escudos de protección ante el vasallaje de la retórica académica de la experiencia histórica. En otras palabras, la historia con “H” ha sido enclaustrada, encorsetada en libros, anaqueles e instituciones, mientras que la memoria y sus recursos fluye como las hondas hertzianas de un lado a otro, en la superficie del pensamiento colectivo, presto a ser revivido, tal como hace Narváez.
Esa condición de la memoria y de sus avatares del olvido, trae a recuerdo una película del gran John Ford: “El Hombre que mató a Liberty Valance (1962) en donde ambos recursos, son los protagonista de la película. El Senador Ransom Stoddard regresa al cambiado pueblo de Shinbone, un reportero del periódico local lo espera con gran expectativa por la llegada de tan ilustre personaje. La primera pregunta que le hacen al bajar es ¿Qué lo trae a este olvidado pueblo? Responde que viene al funeral de un amigo suyo, gran sorpresa para los miembros de la prensa, al no tener noticia de algún ilustre recién fallecido. El Senador responde que su nombre es Tom Doniphon, peor aún, no saben quién es ese personaje. Tres décadas habían sido suficientes para que las nuevas generaciones de Shinbone olvidaran a un personaje que había contribuido a pacificar el salvaje oeste.
Un último aspecto alrededor de este tema, al final del escrito se abre un espacio de opinión de los lectores. Dejando a un lado aquellas opiniones ofensivas o vulgares, algunos comentarios censuraban la “impertinencia” de Narváez al criticar a tan histórico personaje. Varias preguntas surgen a la luz de los comentarios hechos por los lectores ¿Qué requisito se necesita para ser sujeto de crítica en la esfera pública? ¿Tiene o no un ciudadano derecho a criticar a cualquier personaje público sin importar su investidura? O mejor de dicho ¿La trayectoria pública de un ciudadano lo hace inmune a crítica alguna?

Roque Dalton a 35 años de su muerte

El poeta salvadoreño Roque Dalton (1935-1975) cumplió el pasado 10 de mayo el treinta y cinco aniversario de su asesinato el cual fue recordado por algunos intelectuales de América Latina, como Eduardo Galeano, quien escribiera en el periódico Página 12 de Argentina: “Las impunidad estimula a los criminales, y los militantes que matan para castigar la discrepancia no son menos criminales que los militares que matan para perpetuar la injusticia”.

Esa pequeña nota también reproducida por el diario La Jornada de México del 11 de mayo, estimula algunas reflexiones alrededor de la cultura de la intolerancia, de las debilidades de cierta dirigencia de la izquierda latinoamericana de la década del sesenta y setenta, embriagada del espíritu estalinista del culto a la personalidad. La infalibilidad de su condición de dirigente les llevaría a cometer una serie de tropelías en nombre de las luchas por la liberación nacional de los pueblos latinoamericanos, como fue el caso del asesinato de Dalton.

La historia de las luchas salvadoreñas registra dos hechos trágicos que involucran a dirigentes de larga trayectoria dentro de los movimientos sociales y guerrilleros, el asesinato de Roque Dalton en 1975 y el de la Comandante “Ana María” (Mélida Anaya Montes) en 1983. Dalton, intelectual de gran proyección internacional, se sumó a principios de la década del setenta a las luchas guerrilleras, siendo uno de los organizadores del Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP), una de los primeros movimientos guerrilleros salvadoreños, cuya cabeza visible durante la década de los ochenta sería Joaquín Villalobos..

Su visión nada dogmática de la lucha revolucionaría, desembocaría en un juicio político de la dirigencia extremista quien sin reparo alguno, lo acusa de agente del enemigo, y le condena a muerte. Ese desgraciado episodio de la historia revolucionaria salvadoreña fue silenciado en su época e incluso se podría decir, con la complicidad de la izquierda latinoamericana. Un ejemplo de ese silencio son las ediciones de las obras de Roque publicadas después de su muerte, las cuales no hacen alusión a su desaparición física. Al menos eso es lo que se observan en los textos editados por EDUCA y la Editorial Nueva Nicaragua.

A principios del año de 1986, en ocasión del décimo aniversario de su muerte, ésta última editorial publica “Un libro rojo para Lenin”, texto inédito, al parecer inconcluso, con un prólogo del periodista guatemalteco y amigo del poeta, Arqueles Morales. En dicho prólogo se menciona de manera muy ligera y al inicio del escrito el trágico final del poeta, sin ningún juicio de valor: “Los textos de Un Libro rojo… se publican once años después de que Roque fuera asesinado por una facción militarista de la organización que él contribuyó a crear”.