El poeta salvadoreño Roque Dalton (1935-1975) cumplió el pasado 10 de mayo el treinta y cinco aniversario de su asesinato el cual fue recordado por algunos intelectuales de América Latina, como Eduardo Galeano, quien escribiera en el periódico Página 12 de Argentina: “Las impunidad estimula a los criminales, y los militantes que matan para castigar la discrepancia no son menos criminales que los militares que matan para perpetuar la injusticia”.
Esa pequeña nota también reproducida por el diario La Jornada de México del 11 de mayo, estimula algunas reflexiones alrededor de la cultura de la intolerancia, de las debilidades de cierta dirigencia de la izquierda latinoamericana de la década del sesenta y setenta, embriagada del espíritu estalinista del culto a la personalidad. La infalibilidad de su condición de dirigente les llevaría a cometer una serie de tropelías en nombre de las luchas por la liberación nacional de los pueblos latinoamericanos, como fue el caso del asesinato de Dalton.
La historia de las luchas salvadoreñas registra dos hechos trágicos que involucran a dirigentes de larga trayectoria dentro de los movimientos sociales y guerrilleros, el asesinato de Roque Dalton en 1975 y el de la Comandante “Ana María” (Mélida Anaya Montes) en 1983. Dalton, intelectual de gran proyección internacional, se sumó a principios de la década del setenta a las luchas guerrilleras, siendo uno de los organizadores del Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP), una de los primeros movimientos guerrilleros salvadoreños, cuya cabeza visible durante la década de los ochenta sería Joaquín Villalobos..
Su visión nada dogmática de la lucha revolucionaría, desembocaría en un juicio político de la dirigencia extremista quien sin reparo alguno, lo acusa de agente del enemigo, y le condena a muerte. Ese desgraciado episodio de la historia revolucionaria salvadoreña fue silenciado en su época e incluso se podría decir, con la complicidad de la izquierda latinoamericana. Un ejemplo de ese silencio son las ediciones de las obras de Roque publicadas después de su muerte, las cuales no hacen alusión a su desaparición física. Al menos eso es lo que se observan en los textos editados por EDUCA y la Editorial Nueva Nicaragua.
A principios del año de 1986, en ocasión del décimo aniversario de su muerte, ésta última editorial publica “Un libro rojo para Lenin”, texto inédito, al parecer inconcluso, con un prólogo del periodista guatemalteco y amigo del poeta, Arqueles Morales. En dicho prólogo se menciona de manera muy ligera y al inicio del escrito el trágico final del poeta, sin ningún juicio de valor: “Los textos de Un Libro rojo… se publican once años después de que Roque fuera asesinado por una facción militarista de la organización que él contribuyó a crear”.
Esa pequeña nota también reproducida por el diario La Jornada de México del 11 de mayo, estimula algunas reflexiones alrededor de la cultura de la intolerancia, de las debilidades de cierta dirigencia de la izquierda latinoamericana de la década del sesenta y setenta, embriagada del espíritu estalinista del culto a la personalidad. La infalibilidad de su condición de dirigente les llevaría a cometer una serie de tropelías en nombre de las luchas por la liberación nacional de los pueblos latinoamericanos, como fue el caso del asesinato de Dalton.
La historia de las luchas salvadoreñas registra dos hechos trágicos que involucran a dirigentes de larga trayectoria dentro de los movimientos sociales y guerrilleros, el asesinato de Roque Dalton en 1975 y el de la Comandante “Ana María” (Mélida Anaya Montes) en 1983. Dalton, intelectual de gran proyección internacional, se sumó a principios de la década del setenta a las luchas guerrilleras, siendo uno de los organizadores del Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP), una de los primeros movimientos guerrilleros salvadoreños, cuya cabeza visible durante la década de los ochenta sería Joaquín Villalobos..
Su visión nada dogmática de la lucha revolucionaría, desembocaría en un juicio político de la dirigencia extremista quien sin reparo alguno, lo acusa de agente del enemigo, y le condena a muerte. Ese desgraciado episodio de la historia revolucionaria salvadoreña fue silenciado en su época e incluso se podría decir, con la complicidad de la izquierda latinoamericana. Un ejemplo de ese silencio son las ediciones de las obras de Roque publicadas después de su muerte, las cuales no hacen alusión a su desaparición física. Al menos eso es lo que se observan en los textos editados por EDUCA y la Editorial Nueva Nicaragua.
A principios del año de 1986, en ocasión del décimo aniversario de su muerte, ésta última editorial publica “Un libro rojo para Lenin”, texto inédito, al parecer inconcluso, con un prólogo del periodista guatemalteco y amigo del poeta, Arqueles Morales. En dicho prólogo se menciona de manera muy ligera y al inicio del escrito el trágico final del poeta, sin ningún juicio de valor: “Los textos de Un Libro rojo… se publican once años después de que Roque fuera asesinado por una facción militarista de la organización que él contribuyó a crear”.

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